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Crítica Bohemian Raphsody

Bohemian Raphsody

Crítica Bohemian Raphsody

 

¿Se puede analizar una película exclusivamente desde un punto de vista emocional? Sí. ¿Es recomendable? No del todo. Digamos que ‘Bohemian Raphsody’, película que nace con vocación de biopic del inimitable Freddie Mercury y celebración de la obra musical más inspirada de Queen, es el ejemplo más idóneo para trazar la argumentación de estas dos respuestas. Y es que, la película que comenzó dirigiendo Bryan Singer, quien fue despedido del rodaje por su (supuesta) mala actitud en el set, y terminó en manos de Dexter Fletcher a pocas semanas de su finalización, se puede ver y, sobre todo, escuchar y sentir de dos formas completamente distintas. A un nivel artístico, estrictamente relacionado con el lenguaje cinematográfico, y de una manera absolutamente visceral. Dependiendo del camino escogido, el resultado será uno u otro.

Sobre la pantalla, la película simplemente se sucede de la manera más funcional y tópica posible, manteniendo intactos los límites claramente (re)marcados en las últimas décadas del género de la biografía musical. Es decir, orígenes de la estrella, explosión de triunfo y fama, caída a los infiernos y resurrección con brindis, ovaciones y elogios desproporcionados. No hay nada nuevo en la forma, ni una pizca de riesgo en su mecanismo narrativo, ni un solo destello de personalidad autoral tras la cámara. Entonces, ¿por qué ‘Bohemian Raphsody’ funciona de una manera tan notable? ¿A qué se deben las lágrimas que despierta en el espectador? ¿Cómo surgen es ganas irrefrenables de volver una y otra vez a ella? Sencillo, dos palabras: Freddie Mercury.

Estamos ante una figura tan magnética, eléctrica, carismática y delirante que uno no puede apartar la vista de él en ningún momento, vibrando con cada una de sus apariciones y rindiéndose a la evidencia de su grandeza como cantante, compositor y showman. El orden de los factores no altera de ninguna de las formas al brutal resultado final. El poder de Mercury es más que capaz por sí solo de soportar todo el peso de una película, justificando por completo el precio de la entrada. Un hechizo que habría sido completamente imposible sin un actor a la altura del inmenso reto. Afortunadamente, Rami Malek no solamente cumple a las mil maravillas en su reinterpretación de la leyenda, haciendo suyos cada gesto, mirada, movimiento y pose característica, sino aportando dosis extra de respeto, admiración y sensibilidad hacia la persona detrás de la estrella. No se trata de un actor imitando a Mercury. Es un actor del que Mercury se ha apoderado. Una de esas interpretaciones que no se olvidan.

La fusión Malek/Mercury como eje central y más logrado de una película que, insisto, resplandece con fuerza única gracias a la capacidad que tiene para conectar desde la emoción más desbordante. Poco importan sus fallos de montaje, sus trampas en la coherencia cronológica de la historia de la banda, sus múltiples caídas en los lugares más comunes del género, cuando ‘Bohemian Raphsody’ sube el volumen, y lo hace muy a menudo, uno termina cayendo rendido. Ayuda, de una forma clave, el desfile de clásicos atemporales como ‘We Will Rock You’, ‘Keep Yourself Alive’, ‘I Want To Break Free’, ‘Another One Bites The Dust’, ‘Love Of My Life’ o, por supuesto, la obra maestra incomparable que sirve de título para la película, un conjunto de canciones imbatibles que siguen desprendiendo la misma épica, grandeza y conmoción de la primera vez. Ellas marcan el ritmo de una película que va de menos a más, reservando lo mejor para su último y ensordecedor golpe.

Y es que, donde otras cintas habrían dedicado todos sus esfuerzos en remarcar la tragedia y el dramatismo de un final anticipado por las trágicas circunstancias personales de su protagonista, ‘Bohemian Raphsody’ prefiere apostar por el delirio musical, los himnos cantados a pleno pulmón, el espectáculo más grande del mundo y, sobre todo, la comunión indescriptible entre la música y el ser humano. Esa conexión, ese sentimiento compartido, esos estribillos inmortales y esa complicidad explosiva que siempre se estableció entre Queen y el público están perfectamente representados en un tramo final que, por encima de todo, supone una experiencia que va mucho más allá de lo cinematográfico. Un desenlace tan atrevido como satisfactorio, tan grandilocuente como representativo, tan apabullante como emotivo. El nudo en la garganta y el aplauso posterior salen de forma automática. Un excelso cierre para una película que opta por ser un regalo antes que una obra maestra. Y mejor así. Larga vida a la Reina.

 Redacción: Alberto Frutos