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Reseña disco Lori Meyers “En la espiral”

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Reseña disco Lori Meyers "En la espiral"

Reseña disco Lori Meyers “En la espiral”

“La incapacidad para tolerar la ambigüedad es la fuente de todas las neurosis”.

Sigmund Freud.

 

Tengo una relación contradictoria con Lori Meyers. En primer lugar, reconozco que me he comprado cuatro de sus seis discos, de hecho y, debido a mi trastorno obsesivo compulsivo (TOC) a la hora de complementar discografía de las bandas con las que ya he empezado a hacerlo, me faltan por adquirir sus dos últimas referencias, algo que me tiene en una especie de sin vivir melómano. Por otro lado, confieso que su “Viaje de estudios” se convirtió en (otro) compañero de piso en mi primera aventura habitacional independiente. No dejaba de pincharlo, convirtiéndose de facto en la banda sonora de ese primer año de efervescencia total, un dulce tránsito entre el abandono aletargado de la adolescencia y la inclusión en la nebulosa del mundo adulto (primer trabajo, tercer año de universidad, piso de estudiantes, noche y más noche madrileña). Su segunda referencia, “Hostal Pimodan”, me convenció plenamente y fue compañero de pasajes de melancolía en la recta final de la facultad y el inicio de un tortuoso camino sentimental. Entre medias su versión de “La Caza” de Juan y Junior se convirtió en una obsesión cumbre en mi discoteca mental. “Cronolánea” me sacudió la mente y me embobó gracias a temas como “Luces de neón”.

A partir de ese instante, dejé de escucharlos de forma continua, de hecho tampoco asistí a muchos conciertos de ellos (creo que los vi en un MetroRock, un Día de la Música y uno en sala que compartieron con Sidonie, La Habitación Roja y Budapest) pese a lo cual un día viendo la televisión me sorprendió su salto evolutivo en el disco “Cuando el destino nos alcance”. A partir de ese momento fui consciente de la creciente repercusión que adquirían gracias a su inclusión en numerosos festivales, la ampliación de audiencia objetiva y lo atractivo y narcótico de sus shows en vivo. No tardé en sentirme hastiado de las veces que les vi y, en cierta forma fui perdiendo el interés por ellos (a pesar de lo cual me compré el disco).

Hace relativamente poco tiempo, mientras charlaba con mi Santa Esposa sobre qué grupos de hoy en día tienen una propuesta sólida y diferenciable (me ahorraré los detalles de los otros nombres que surgieron en dicha conversación) me sorprendía  mi mismo citando como uno de ellos a Lori Meyers porque, a mi entender, supieron evolucionar claramente desde posturas reivindicativas del buen pop de los años sesenta españoles (Los Brincos, Los Ángeles) en sintonía con el buen producto de su tierra granadina, hacia posturas más “disfrutonas”. Es decir, avanzaron en un camino de consolidación de tonadas pegadizas que encandilan a una audiencia masiva y que les hace pasar un (muy) buen rato y, bajo esta premisa, fueron los abanderados de toda una serie de grupos que han seguido su sendero con éxito de afluencia parecido (a todos nos vienen nombres a la cabeza).

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Con el lanzamiento de su sexto disco y, a fuerza de escucharlo los sábados por la mañana, con la intención de acaparar energía para el resto del fin de semana, se me ha ido creando la necesidad de escribir algo sobre él. Pues bien, tras esta larga introducción he de decir que “En la espiral” para mí, supera a “Impronta” (lo cual no era difícil) gracias a una conjunción de canciones pegadizas, perfectamente ejecutadas (otra cosa son sus estructuras liricas) que sintonizan con el oyente de forma fácil y efectiva. Y eso, no es fácil, es pop ameno, divertido y efectivo. Creo que “Evolución”, “Pierdo el control” (con una sola escucha ya te imaginas al público de sus conciertos haciendo realidad el título), “Siempre brilla el sol”, “Zona de confort” o “Un nuevo horizonte” son notables canciones que cumplen notablemente con la sanísima intención de entretener y eso, dado los tiempos que corren, es mucho. Quizás en el tramo medio del disco es el de menor impacto (“Organizaciones peligrosas”, “1981”, y “Óceanos”). Con “Eternidad” empieza una ligera remontada, que termina por concretarse en “No estoy solo”.

En suma, un disco que no siendo sobresaliente ni notable en su conjunto, resulta bastante meritorio, dado que cumple su función principal: entretener, pasar un buen rato, disfrutar, porque, citando a Casanova: Recordando los placeres que he tenido anteriormente, los renuevo, gozo de ellos una segunda vez, mientras que me río de los problemas ahora pasados, de los cuales no siento nada más”.

Redacción: Juan A. Ruiz-Valdepeñas

 

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