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Crítica Moonlight

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Crítica Moonlight

Crítica Moonlight, una película de Barry Jenkins

La búsqueda de la identidad propia, acompañada del nacimiento de una certeza acompañada por infinidad de dudas, tiene poco de poético y mucho de complejo. Encontrar las palabras para definir lo indefinible es más una verdad absoluta que una intuición, por lo que el mérito del director Barry Jenkins y su ‘Moonlight‘ es, por puro cálculo, inmenso.  La clave, una vez más, está en la mirada. La infantil, adolescente y adulta. Tan diferentes como unidas por el hilo invisible de un fantasma que siempre ha estado ahí y solamente ha encontrado un instante para sobrevivir anclado en la memoria de nuestro protagonista. Un mar de madrugada que asiste, hipnotizado, al origen de una herida convertida en tabla de salvación, en el único refugio en el que se puede, y debe, ser libre. ¿Había otra salida que no fueran los versos para contar algo así?

Jenkins, volvemos a él, no lo contempla. Por eso, su dirección es la virtud más destacada de una película implacable en su exposición constante de imágenes memorables, valiente en su planteamiento, delicada en los rincones más problemáticos a los que acude su historia. ‘Moonlight’ tiene infinidad de momentos que ya hemos visto en otras películas, pero todo parece nuevo, todo se eleva como si fuera la primera vez. Estructurada en tres partes, la propuesta comienza de la mejor de las formas posibles, hipnótica y cautivadora, capaz de extraer belleza en cada plano. A continuación, el guión coquetea demasiado con el tópico del melodrama más evidente, pero Jenkins aparece de nuevo para ubicar la película en el terreno de lo deslumbrante. Por último, su tramo final se asienta de manera definitiva en el poder del silencio y las miradas, de la desnudez emocional, del derribo de cualquier armadura. Puede que, lástima, sus últimos minutos no estén a la altura de los primeros compases, maravillosos, pero ‘Moonlight’ concluye de la única forma posible, coherente con todo lo mostrado hasta ese punto y final.

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Con un reparto en el que destacan, por mucho, Naomie Harris y Alex R. Hibbert, pese a que la mayoría de elogios se los esté llevando un correcto Mahershala Ali, ‘Moonlight’ alcanza de manera muy notable sus objetivos emocionales, que no están relacionados en ningún momento con la exhibición de poder dramático para todos los públicos, apostando todo a la poesía. Justo lo que necesitaba una historia, la de Chiron, lastrada por la prosa más dolorosa y frustrante del mundo. Por eso, cada destello de amor, incluso aunque su forma sea platónica, de suspiros o de ternura, nos conquista por completo. La belleza siempre efímera de la supervivencia.


 Redacción: Alberto Frutos

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