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Crítica Manchester frente al mar

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Crítica Manchester frente al mar

Crítica Manchester frente al mar

El peso del silencio sobre la espalda, la inevitable armadura invisible que se crea todo aquel ser humano que ha observado, en primera persona, como todo su mundo se desmorona de la manera más terrible que podamos imaginar. Ese dolor, esa ausencia, esa pérdida insalvable, esa distancia infinita entre el pasado y el presente en la que el futuro no adquiere mayor sombra que la de la supervivencia, es el terreno en el que se mueve ‘Manchester frente al mar’. Todo duele, todo asfixia, y sin embargo, siempre queda un hueco para el absurdo en medio de la tragedia omnipresente. Porque esa es una de las misiones que el espectador se plantea a la hora de enfrentarse a la película escrita y dirigida con inmensa cantidad de talento por Kenneth Lonergan, ser capaz de tomar aire en medio de un invierno que hiela el corazón y empapa los huesos.

Y en esa constante búsqueda es donde la propuesta encuentra su razón de ser, su virtud mayúscula. Uno observa, hipnotizado, como una vida intenta mantener un equilibrio imposible a través de una mirada, la de Casey Affleck, en la que cabe un millón de heridas incapaces de cicatrizar. El actor, intenso en su contención, brutal en su capacidad para construir un personaje infinito desde el abismo más oscuro, carga con el peso de una historia tremenda a través de una de esas interpretaciones que empiezan desconcertando y terminan impactando para siempre. A su lado, Michelle Williams y Lucas Hedges ofrecen trabajos ejemplares, pero alejados del prodigio del protagonista. Tres pilares sobre los que Lonergan construye un castillo de naipes cuyo mayor mérito es, sin lugar a dudas, no hundirse por completo. Y eso que juega con fuego constantemente.

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Porque lo que realiza ‘Manchester frente al mar’, con sus divertidísimos golpes de humor negro combinados con el drama más desolador,  es un salto al vacío absoluto, un complejísimo trabajo de orfebrería cinematográfico, especialmente de guión, en el que cada diálogo, cada escena, cada salto temporal, cada decisión visual, suma dentro del conjunto. Lonergan, en definitiva, sale airoso de cada uno de los envites que se propone, manejando con sutileza y ausencia total de tics melodramáticos una historia que, en otras manos, habría abrazado el tremendismo más lacrimógeno de forma apasionada. Por fortuna, ‘Manchester frente al mar’ prefiere centrar su mirada en los silencios, en la complicidad de dos almas perdidas, en las huellas en la nieve imposibles de borrar. Y duele, claro, pero también deslumbra, conmueve y deja poso. La poesía en la naturalidad que rodea una vida resignada al paso del tiempo.


Redacción: Alberto Frutos

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