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Crítica Kong: La Isla Calavera

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Crítica Kong: La Isla Calavera

Crítica Kong: La Isla Calavera

El mono gigante, sin tener la mínima intención, ha abierto un debate interesante. ¿Necesita un blockbuster personajes con profundidad? ¿El cine espectáculo que busca la ingesta general de palomitas realmente busca que nos identifiquemos con sus protagonistas? ‘Kong: La isla calavera’, tiene la respuesta bien clara: NO, en absoluto. El regreso a la gran pantalla de una de las creaciones más memorables de la historia del cine,  doce años después de esa obra maestra infravalorada llamada ‘King Kong’ dirigida con inmenso talento, cariño y respeto por Peter Jackson, no tiene mayor ambición que la de evitar a toda costa el bostezo del espectador aunque, para ello, no necesite en ningún momento la ayuda de un ser humano. En definitiva, le basta con los monstruos. Una decisión tan atrevida como coherente que, la mayor parte del tiempo, le funciona.

Lo que no se puede negar, en ningún caso, es que estamos ante una película con las ideas tan claras como sus virtudes y defectos. En el primer grupo, un espíritu de serie B combinado con el tono bélico más clásico, con ‘Apocalypse Now’ a la cabeza, un diseño de criaturas y seres increíbles bastante logrado y un notable sentido de la aventura y la acción. En el segundo, y volvemos, un grupo de personajes intercambiables, sin carisma ni personalidad, sin mayor función que la de estar, observar y morir/desaparecer/sobrevivir. Y el equilibrio, con dos sectores tan marcados, es complicado de alcanzar. Es entonces cuando emerge la figura de Jordan Vogt-Roberts, director de la estupenda ‘Los reyes del verano’, para terminar decantado la balanza hacia el inesperado notable.

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Hablamos de un cineasta que no baraja la opción de conectar el piloto automático, decidido a entregar la escena más deslumbrante posible, la insospechada poesía que se puede ocultar en una isla poblada por arañas, monos y pulpos gigantes, entre otras criaturas. Y lo consigue en momentos tan brillantes como el prólogo, el ataque de los helicópteros o un clímax final tan inverosímil como espectacular. Lástima que esa ambición no se contagie a intérpretes como John Goodman o, especialmente, Tom Hiddleston y Brie Larson, totalmente perdidos y desconectados de la historia. Todo lo contrario que Samuel L. Jackson y John C. Reilly, auténticos protagonistas junto al inmenso, en todos los sentidos, Kong, de una película que es, a ratos, cautivadora y fallida, inmensa y absurda, vibrante e irregular. Pura contradicción, sí, pero no era una bestia sencilla de manejar. Por fortuna, lo que se ve siempre resulta interesante. Lo que se escucha, desde luego, no. Más que un rugido, un grito.


Redacción: Alberto Frutos

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