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Crítica Jackie del director chileno Pablo Larraín

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Crítica Jackie del director chileno Pablo Larraín

Crítica Jackie del director chileno Pablo Larraín

Para hablar de ‘Jackie‘ conviene usar, lo antes posible del término milagro. Porque todo lo que comienza en esta compleja, arriesgada e hipnótica visión que el director Pablo Larraín ofrece sobre una de las figuras esenciales de la historia social y política de los Estados Unidos, termina en el rostro de Natalie Portman. Y lo que la actriz hace en cada uno de esos momentos suspendidos en el tiempo es, volvemos, algo que se sitúa mucho más allá del elogio verbalizado. La responsable de interpretaciones tan maravillosas como las que podíamos presenciar en ‘Cisne negro’, ‘Closer’ o ‘Beautiful Girls’, por citar tres ejemplos deslumbrantes, entrega un trabajo a la misma altura de lo inolvidable. Ni un peldaño menos. La forma en la que se mimetiza con el personaje, el control sobre sus gestos y miradas, el reflejo exacto del estado de shock en sus pasos, el eco del vacío tras un disparo con el que murieron sueños, pasado, presente y futuro, terminan dando forma a una de las más contundentes y fascinantes demostraciones de talento realizadas por una actriz en mucho tiempo. Ella es ‘Jackie’. Y viceversa.

Y ahí reside el primer gran acierto de Larraín, un cineasta que continúa consolidando con paso firme una carrera que se acerca de manera definitiva al territorio de lo esencial. Pero no es el único. El director chileno tiene las ideas más que claras, y el espectador es consciente de ello desde el mismo prólogo. Ese frío, ese humo, ese silencio, esa confusión es parte de la estrategia narrativa que propone un Larraín de cámara inquieta y composición de imágenes con una fuerza dramática indiscutible, entre las que destaca de manera definitiva el desolador paseo que su protagonista realiza con la única compañía de un vestido manchado de sangre. Es decir, y para dejarlo claro del todo, aquellos que busquen en ‘Jackie’ un biopic al uso se estarán equivocando por completo. No hay comodidad en la pérdida, ni simplicidad en la construcción de un mito.

Porque, en definitiva, de eso se trata, de trasformar el duelo en imágenes que parecen levitar ante nuestros ojos. La muerte vista entre la intimidad y el ruido de un mundo pendiente de cada paso, en aceptar que un estatus es un estatus y que la responsabilidad, mediática y personal, siempre va unida al control de todos los elementos, aunque eso nos lleve a la incomprensión o a la inevitable frialdad. Jackie sabe lo que tiene que hacer incluso cuando nada tiene sentido, cuando el dolor es la única presencia, cuando la soledad la acompaña en cada rincón. La cuestión es que, al otro lado, espera la leyenda. Y Larraín entiende a su protagonista. Y Portman le aporta el alma y un corazón roto que no tiene tiempo para la compasión. Y el espectador asiste a uno de los biopics más sorprendentes, notables y valiosos de los últimos años.


Redacción: Alberto Frutos

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