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Crítica Hasta el Último Hombre

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Crítica Hasta el Último Hombre

Crítica Hasta el Último Hombre

Con una década ya hemos tenido suficiente, Hollywood. La industria ha tardado diez años en perdonar a Mel Gibson, un castigo que se basa en la contradicción perpetua de la polémica y en la división establecida entre la desproporción y la justicia. En cualquier caso, que cada uno juzgue desde su rincón tanto como disfrute desde la sala de un cine. Porque conviene olvidar todo lo que ocurre más allá de la pantalla grande a la hora de afrontar el regreso del Gibson de director por la puerta grande con ‘Hasta el último hombre’, una película que tiene el ADN, la energía, la pasión y el talento que siempre ha desprendido toda la obra de su autor, una categoría que tiene más que ganada. De nuevo, músculo y sangre, exceso y épica, contundencia y maestría. Y todo sin perder nunca el temible equilibrio que separa su cine del abismo. Siempre ha sido su principal virtud cuando se sitúa tras las cámaras y lo ha vuelto a demostrar.

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Partiendo de la historia real de Desmond Doss, el primer objetor de conciencia en la historia de los Estados Unidos en recibir la Medalla de Honor del Congreso tras participar en la Batalla de Okinawa, en plena II Guerra Mundial, sin usar ningún arma, Gibson vuelve a entregar un trabajo de apabullante factura técnica, pese a sus limitaciones de presupuesto, dirigida con un pulso ejemplar y repleta de momentos en los que la brutalidad, tanto emocional como puramente física, traspasa la pantalla. Con un primer tramo en el que el cine clásico se descubre como referente primordial, influencia directa tanto en el fondo como en la forma, ‘Hasta el último hombre’ alcanza su verdadera dimensión cuando la acción se traslada a ese acantilado lleno de suciedad, vísceras y muertos vivientes tan asustados como desprovistos de cualquier tipo de humanidad. No hay límites, Gibson lo sabe, y por eso se lanza de lleno al terror de la guerra, a la crueldad sin sentido, al rumbo perdido del ser humano en medio de la catástrofe. Y lo rueda de manera sobresaliente, provocando la inmersión total del espectador, consiguiendo evitar siempre el caos visual, ubicando siempre el punto de vista en el lugar correcto para no perder la perspectiva global.

Por supuesto, se mantiene también las claves religiosas, con la figura del mártir como eje principal de todo el conjunto, que ha vertebrado la trayectoria como director de Gibson, tan alejada de la sutileza como coherente con el tono y el significado de la historia que se nos está contando. No hay panfletos ni demagogia, no hay llamadas a  alistarse al ejército ni a correr a la iglesia más cercana, sino un elemento clave en el proceso vital de un protagonista interpretado por la mejor versión de Andrew Garfield. Su fe y sus creencias son el motor que activa sus decisiones y actitudes, su valentía y su terror. No es una decisión gratuita, tiene un sentido. Y por eso, ‘Hasta el último hombre’ debe ser celebrada como lo que es, otra gran película en la filmografía de un director al que el paso del tiempo no parece haber afectado lo más mínimo a la hora de mostrar una vez más su inmenso talento. Hollywood, insisto, una década ya ha sido suficiente. Queremos más Mel Gibson. Y lo queremos ya.


Readcción: Alberto Frutos

1 Comment

  1. j
    15 diciembre, 2016 at 20:08 — Responder

    Totalmente de acuerdo, queremos mas Mel Gibson. Todo lo que rueda es de 10, no sabe bajar el nivel el cabron, es el mejor detras la camara. Me da igual si Stoichkov pisa al arbrito o insulta a quien sea, yo quiero verle jugar, con Mel me pasa igual, la persona me la suda, yo quiero al director en accion.

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