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Crítica Fences de Denzel Washington

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Crítica Fences de Denzel Washington

Crítica Fences, dirigida por Denzel Washington

Si ‘Fences’ demuestra algo es la fina línea que separa lo explosivo de lo estático. Tan diminuta que, en el momento más inesperado, pueden encontrarse en el mismo punto, combinarse de manera sorprendente y ofrecer una división de intenciones, méritos y logros a prueba tanto de fuegos artificiales como de silencios. Porque, esta adaptación cinematográfica de la obra teatral con la que Denzel Washington y Viola Davis rindieron a la crítica y a la industria a sus pies, suma y resta sin descanso, exhibe músculo y pereza en las mismas dosis, se encuentra y desaparece en cuestión de segundos. Eso sí, nada importa si la perspectiva enfoca a sus dos interpretaciones protagonistas.

En ese terreno, ningún debate posible. El trabajo que realizan Washington y Davis, con dos papeles que conocen de memoria tras su paso por los escenarios, se sitúa en un lugar privilegiado en el que el elogio sabe a poco. Se trata de dos recitales entregados por gigantes de la interpretación comprometidos y entregados, plenamente conscientes de su nivel, sí, pero alejados de cualquier tipo de artificio o truco barato de Actors Studio. En el caso de Denzel, fuego capaz de arrasar con todo, presencia imbatible que abarca cada esquina, cada rincón del relato. En el caso de Viola, una fuerza de la naturaleza, una actriz con un talento descomunal que alcanza su plenitud absoluta en una historia que le entrega, en forma de papel, un reto imposible. Excepto para ella. Y ambos, en definitiva, sostienen una película que en cualquier otro caso se habría hundido por completo. ¿La culpa? De todo lo demás, empezando por su director.

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Si la cara de Denzel la encontramos en su interpretación, la cruz es más que evidente en sus labores de dirección. O, mejor dicho, la ausencia de ellos. No hay intención artística o mínimamente creativa en su trabajo detrás de las cámaras, siempre visibles pese a no salir de la más estricta inmovilidad. Un patio, un salón y un porche. Y una visión plantada, inerte en el mismo terreno en el que ‘Fences’ entierra su esencia cinematográfica. Un lastre con el que la película decide convivir y desafiar a un espectador que solamente puede agarrarse a los hombros de la exhibición interpretativa. La recompensa, en ese sentido, es notable, pero el recuerdo que termina dejando la propuesta es prácticamente nulo. No hay poso, ni emoción. Simplemente, dos explosiones en medio de la nada. La naturaleza de cualquier ocasión perdida.


Redacción: Alberto Frutos

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