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Crítica Fast & Furious 8

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Crítica Fast & Furious 8

Crítica Fast & Furious 8

Partamos de una base evidente. A estas alturas del juego, ya sabes si una película de la saga ‘Fast & Furious’ te va a gustar o no. Lo tienes claro, no hay lugar a dudas, si durante siete películas no has entrado en la dinámica de una de las franquicias más alocadas, divertidas, entretenidas y absurdas de la historia del blockbuster, su octava entrega no va a hacer que cambies de opinión. Ni las, ya anunciadas, novena y décima. Sencillamente, no es para ti. Eso sí, prométeme que te rendiste después de ‘Fast & Furious 5’, el capítulo que lo cambió todo para siempre, dinamitando expectativas a base de ausencia total de realismo y abrazos constantes al género de espías, organizaciones secretas, conspiraciones mundiales y robos imposibles. Era un todo o nada, a lo grande, y el resultado fue más que triunfal. A partir de ahí, todo fue creciendo y creciendo sin descanso: el respaldo de la crítica, recaudaciones cada vez más altas y la sensación real de estar ante una maquinaria de entretenimiento perfecto que nadie vio venir en sus insulsos inicios. Y así llegamos hasta ‘Fast & Furious 8’.

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Tras tres entregas que conseguían elevar el listón a la altura del notable alto, especialmente una séptima película sencillamente perfecta en su trepidante desmesura, exceso deslumbrante, la saga llegaba con la seguridad de contar con el apoyo brutal de un público entregado a la causa. Sin embargo, los aplastantes datos de taquilla obtenidos por ‘Fast & Furious 8’ se antojan desmedidos en comparación a los resultados artísticos de una propuesta que ha mejorado en lo que respecta al fondo, contando en esta ocasión con una historia mucho más ambiciosa e interesante que las del resto de sus predecesoras, pero que ha perdido pulso en su forma, en su músculo visual. Su clave básica. En este sentido, las miradas se deben dirigir exclusivamente al director F. Gary Gray, que se ponía a los mandos del octavo capítulo tras su trabajo en la estupenda  ‘Straight Outta Compton’ tomando el relevo de Justin Lin y James Wan, cineastas que habían conseguido sacar el máximo partido de la saga a base de imaginación desbordante, de la búsqueda constante del más todavía, haciendo posible y excitante lo que no dejaba de ser imposible y ridículo. Las comparaciones, en este caso, son tan inevitables como dolorosas para Gary Gray, cuyos resultados quedan muy por debajo.

En cualquier caso, estamos muy lejos del desastre. Pese a que algunas de las set pieces centrales se quedan en brillantes ideas desaprovechadas, como es el caso de la escena de los coches zombies, todavía tenemos momentos de explosivo espectáculo. En este terreno destaca, con especial intensidad, un clímax final imparable, pura adrenalina, en la que todos los elementos que parecían dispersos terminan, al fin, encajando. Un último tramo que, por otra parte, termina de confirmar a Jason Statham como auténtica estrella de un reparto en el que, lástima, ni Charlize Theron, ni Dwayne Johnson, ni muchísimo menos Vin Diesel, están a la altura de lo esperado, pese a los intentos de este último por ofrecer sus dudosas capacidades dramáticas. En definitiva, lo que nos queda es una entrega que baja el nivel que la saga había conseguido alcanzar en sus últimos compases pero que, a pesar de todo, se las termina apañando para que la sensación sea la de estar ante una franquicia y unos personajes que aún tienen caminos por recorrer. Calma, queda gasolina en el depósito.

Redacción: Alberto Frutos

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