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Crítica Baby Driver

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Crítica Baby Driver

Crítica Baby Driver

El exceso de entusiasmo previo, lejos de funcionar como elemento positivo, suele terminar siendo un factor en contra. Más fácil: las expectativas las carga el diablo. Y no tiene piedad al respecto. Uno puedo intentar evitar caer en la trampa, sentarse en la butaca e intentar callar los aplausos que han precedido a la tormenta que está a punto de despertar en la pantalla. Pero, a veces, es inevitable. Desde su estreno hace unas semanas en la cartelera de Estados Unidos, ‘Baby Driver’ ha sido elevada por parte de crítica y público como una de las películas del año, el entretenimiento perfecto del verano, anulando la existencia del resto de julio y de todo el mes de agosto, y el trabajo más redondo de un director, Edgar Wright, que ya contaba con un puñado de joyas a sus espaldas. Demasiada carga, demasiadas promesas por cumplir, demasiados logros conseguidos de antemano. Hagámoslo más fácil otra vez: no, ‘Baby Driver’ no es para tanto.

En una trayectoria marcada por una trilogía tan inspirada, divertida y felizmente compleja en su discurso sobre el valor de la amistad como la que forma ‘Zombies Party’, ‘Arma fatal’, la mejor del lote, y ‘Bienvenidos al fin del mundo’, completada con ese sobresaliente festival visual y narrativo llamado ‘Scott Pilgrim contra el mundo’,  ‘Baby Driver’ juega un papel evidente. Wright haciendo de Wright, o lo que es lo mismo, un director depurando su estilo a base de demostración de todos los conocimientos y habilidades descubiertos por el camino. El problema es que el exhibicionismo tiene un límite y, aunque parezca algo absurdo, tanto virtuosismo termina sobrecargando una película que, al menos en su primer tramo, especialmente en su memorable prólogo y sus fascinantes títulos de crédito, parecía destinada, efectivamente, a formar parte del podio.

En esa primera mitad, Wright pone todas las cartas sobre la mesa, golpeando con contundencia al espectador a base de combinar, con un estilo indiscutible, dos géneros a priori tan alejados como el musical y el thriller de atracos y persecuciones. Un punto de conexión total entre dos universos cinematográficos que supone, con mucha diferencia, el elemento más interesante de ‘Baby Driver’, auténtico motor de la película, protagonista en sus escenas más logradas. En definitiva, cada escena de acción musicalizada (y viceversa) es oro en estado puro, cine vibrante que arrasa con todo, el punto más alto, ahora sí, de la carrera del director. Lástima que la trama que completa el relato, una historia romántica de sueños perdidos, infancias traumatizadas y carreteras preparadas para una huida eterna al más puro estilo Springsteen, nunca termine de ir más allá del tópico, ralentizando el ritmo de la película y demostrando que el estupendo Ansel Elgort y la encantadora Lily James funcionan mejor por separado que como pareja protagonista. En ese sentido, funciona mucho mejor el dúo criminal, macarra y oscuro formado por Jon Hamm y Jamie Foxx, brillantes, o un Kevin Spacey desprendiendo carisma en cada una de sus escenas.

Un reparto que, al igual que sucede con la propia historia, terminan devorados por el discurso de un director obsesionado por el aumento de velocidad, decibelios y maniobras imposibles. La cámara no deja tiempo para respirar, ni siquiera en los instantes más íntimos y cotidianos de la trama, perdiendo su capacidad para el descubrimiento fascinante y la sorpresa por pura inercia. Las ideas visuales se suceden, los coches siempre van con la sexta marcha puesta y las canciones mantienen el volumen lo más alto posible, pero a ‘Baby Driver’ le habría venido mejor un repaso más exhaustivo a su guión, repleto de coincidencias y resoluciones demasiado vagas, que tanta demostración de fuegos artificiales. El trayecto, en cualquier caso, merece la pena y supone un entretenimiento por encima de la media de lo que podemos encontrar en la cartelera durante la etapa estival, pero estamos demasiado lejos del milagro anunciado. Los frenos nunca están de más.


Redacción: Alberto Frutos

 

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